𝙀𝙇 𝙁𝘼𝙈𝙊𝙎𝙊 𝙏𝘼𝙈𝘽𝙊 𝘿𝙀 𝘾𝙊𝙔𝘼𝙈𝙀: La famosa bartolina.

✍🏻Por Profr. R. Juventino Juárez A.

«Lo metieron al bote». «Cayó al tambo». «Pasará el invierno en el fresco bote».

Un día de septiembre de 2010, cuando me encontraba como Asesor en Educación en el Congreso del Estado, recibí una llamada del Lic. José Luis Armendáriz, entonces titular de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos.

La llamada era para ver si yo, como Cronista de la Ciudad de Ojinaga, tenía información de «un tambo» que se había utilizado como cárcel o bartolina en Coyame y que estaba ya bajo el Resguardo de la CEDH, como un claro ejemplo del trato inhumano que tiempo atrás se les daba a los presos, tanto en las comunidades como en las grandes ciudades como fue el caso de la temible prisión de Lecumberri.

Como tampoco yo tenía conocimiento del caso, le prometí investigar al respecto. Un día de tantos me hice acompañar de amigos de la cultura: el Lic. Alfredo García, los Profesores Reynaldo Valenzuela y Jorge Valenzuela y de Elías Escontrías (Menón) y nos fuimos a Coyame.

Durante todo un día nos la pasamos preguntando a los adultos mayores del pueblo con la seguridad que ellos nos pudieran informar de esa bartolina.

Nadie sabía a ciencia cierta la verdad, sólo informes vagos que no nos llevaban a ninguna parte.

Ya de regreso un tanto desilusionados, al pasar por la plaza nos encontramos con Isaac Cervantes, Expresidente Municipal y viejo amigo de andanzas en la política y al intercambiar los motivos del viaje nos comentó que su papá, cuando fue Presidente Municipal de Coyame, había traído ese tambo de una vieja mina abandonada en San Pedro y que durante mucho tiempo la autoridad municipal lo había estado utilizando como cárcel para delitos menores.

Isaac nos aportó valiosos datos que insertamos aquí de manera resumida.
Una mazmorra de metal:

Aquel «bote» no era una celda común, sino un cilindro de acero industrial de apenas 1.20 metros de diámetro por dos metros de alto.

Las autoridades de la época lo adaptaron con un pragmatismo brutal:

  • El techo: Un enrejado de varillas soldadas para impedir la huida por la parte superior.
  • El acceso: Una pesada puerta lateral para introducir a los cautivos.
  • El contacto: Una pequeña ventanilla por donde se les pasaban los alimentos.

Imaginemos el suplicio de los prisioneros bajo el extremo clima del desierto chihuahuense.

En las jornadas de verano, el cilindro se transformaba en un horno ardiente donde el metal multiplicaba el calor y atrapaba las tolvaneras de tierra.

En el invierno, la estructura se congelaba bajo la lluvia o la nieve.

Con el tiempo, los orines y las heces fecales desgastaron el piso de fierro, convirtiendo aquel espacio en una escena más propia de la Santa Inquisición que del México moderno.

Caer en el bote era sinónimo de pánico.

Entre la fuga y el mito:
El tambo también cobró su propia cuota de leyenda. Se cuenta que un joven del pueblo lograba evadirse repetidamente de aquella prisión sin que los guardias lograran descifrar el misterio.

La incógnita se despejó el día en que lo sorprendieron in fraganti: el prisionero poseía una elasticidad prodigiosa que le permitía contorsionarse y deslizarse, centímetro a centímetro como un artista de circo, a través de la estrecha ventanilla de la comida.

De Coyame para el mundo:

Aunque existen registros históricos de prisiones inusuales —como la cueva donde estuvo recluido Miguel de Cervantes Saavedra—, no se tiene constancia de otro lugar donde un bote metálico industrial haya sido utilizado formalmente como bartolina.

Por ello, resulta razonable afirmar que la expresión popular que hoy resuena en todo el país y más allá de las fronteras nació precisamente en Coyame.

Hoy en día, este artefacto ya no resguarda infractores ni desafía la resistencia humana. El cilindro fue rescatado de su ubicación original con la autorización del H. Ayuntamiento.

Con la ayuda de una grúa fue trasladado a la ciudad de Chihuahua.

Actualmente descansa en el patio de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos, desprovisto de sus antiguos prisioneros, pero conservado como un crudo testimonio de los extremos a los que puede llegar la autoridad cuando se guía muchas veces por criterio muy personal sin conocimiento pleno de las leyes.

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