
La casa que un día estuvo llena de risas hoy permanece en silencio. La puerta que tantas veces se abrió para recibir a los hijos lleva años sin esperar a nadie. El patio donde los niños corrían descalzos quedó cubierto de monte, y aquellas paredes que escucharon conversaciones, regaños, llantos y carcajadas poco a poco comenzaron a vencerse con el tiempo.
Antes era diferente. Desde muy temprano comenzaba la vida. Se escuchaban pasos dentro de la casa, alguien acomodaba la leña y al poco rato el humo comenzaba a salir del fogón anunciando que el café estaba por servirse. La mamá preparaba algo para desayunar mientras los niños despertaban. Uno buscaba sus zapatos, otro preguntaba qué había de comer y alguno todavía quería quedarse acostado. Afuera cantaban los gallos y desde el patio podía escucharse la voz de papá llamando a alguno de sus hijos para que fuera a ayudarle.

Al mediodía aquella casa volvía a llenarse. Alrededor de una mesa sencilla cabía toda la familia. Quizá faltaban sillas y alguno terminaba sentado en un banco, pero nadie pensaba que algún día esa mesa quedaría sola. Los hermanos discutían por cualquier cosa y cinco minutos después estaban jugando nuevamente. Mamá llamaba para comer y el olor de la comida hecha en el fogón llegaba hasta el patio.
También llegaron los días difíciles. Esas paredes vieron llorar a la familia, escucharon preocupaciones que los niños todavía no comprendían y fueron testigos de noches en las que el dinero apenas alcanzaba. Pero al día siguiente nuevamente se encendía el fogón, se barría el patio y la familia seguía adelante.
Los hijos crecieron.
Uno se fue a estudiar, otro encontró trabajo lejos, alguno formó su propia familia y comenzó a visitar cada vez menos. Papá y mamá envejecieron mientras aquella casa seguía esperando los domingos, las vacaciones y las temporadas en que los hijos regresaban con los nietos y por unas horas todo parecía volver a ser como antes.
Después comenzaron a faltar personas.
Primero quedó vacía una silla. Tiempo después faltó otra voz. Hasta que llegó un momento en que nadie volvió a encender el fogón por las mañanas.
Entonces comenzó a morir también la casa.
El monte fue entrando al patio, los vejucos comenzaron a trepar por los árboles y el techo perdió algunas tejas. La lluvia fue desgastando las paredes de tierra y aquella puerta que antes se abría tantas veces terminó cerrada. El lavadero quedó abandonado, la cocina se llenó de polvo y el fogón donde durante tantos años hirvió el café terminó cubierto de hojas secas.
Pero quien nació allí todavía puede pararse frente a esas ruinas y verlo todo.
Donde los demás solamente ven una casa abandonada, él todavía puede recordar a su madre junto al fogón. Puede imaginar a su padre llegando cansado del campo. Puede señalar un rincón y recordar dónde dormía, dónde jugaba con sus hermanos o dónde se sentaba su abuela cuando iba de visita.
Porque una casa vieja guarda mucho más que madera, tierra y tejas.
Guarda la infancia de personas que ahora tienen canas. Guarda voces que ya no podremos volver a escuchar, abrazos que daríamos cualquier cosa por recibir nuevamente y mañanas que parecían comunes cuando las estábamos viviendo, pero que con los años terminaron convirtiéndose en recuerdos que duelen y al mismo tiempo se quieren conservar.
No solamente mueren las personas. También mueren lentamente las casas que nos vieron nacer, crecer, reír y llorar. Y cuando finalmente quedan solas, uno comprende que aquellas paredes nunca fueron lo más importante: lo verdaderamente valioso era la familia que alguna vez les dio vida…