
En muchos pueblos y comunidades todavía quedan casas de adobe que fueron construidas por nuestros abuelos hace muchísimos años. Algunas siguen habitadas, otras están abandonadas y muchas ya se han derrumbado. Fueron las casas donde crecieron nuestros padres, donde nacieron muchos de nuestros hermanos y donde familias enteras compartieron gran parte de su vida. Hoy parecen viviendas muy antiguas, pero en su tiempo fueron el orgullo de quienes trabajaron para tener un techo propio.
La mayoría eran casas sencillas, con paredes gruesas de adobe, techos de teja, puertas de madera y corredores con piso de tierra. Algunas tenían apenas dos o tres habitaciones, pero ahí vivían familias numerosas. Los hermanos compartían cuarto y muchas veces hasta la cama, mientras los padres buscaban la manera de acomodar lo poco que tenían.
En la cocina estaba el fogón de leña, donde desde temprano mamá o la abuela comenzaban a hacer las tortillas, cocer los frijoles y calentar el café. El humo oscurecía las paredes y las vigas, y los trastes permanecían acomodados cerca del lugar donde se cocinaba. Cuando llegaba la hora de comer, todos buscaban dónde sentarse para compartir los alimentos que había en casa.
Los patios de tierra también fueron parte de la infancia de muchos. Ahí jugaban los hermanos, corrían descalzos y pasaban las tardes mientras los mayores terminaban sus trabajos. Cuando llovía, se refugiaban bajo el corredor y escuchaban el agua golpeando las tejas. Por las noches, los abuelos se sentaban a descansar y los niños permanecían cerca de ellos, escuchando sus pláticas.
En aquellas casas se vivieron años de mucho esfuerzo. No siempre había dinero suficiente y las familias tenían que hacer rendir lo poco que conseguían. También hubo enfermedades, despedidas y días de tristeza. Pero en esos mismos cuartos se celebraron nacimientos, crecieron los hijos y se compartieron alegrías que todavía recuerdan quienes vivieron ahí.
Después llegó el momento en que los hijos comenzaron a formar sus propias familias. Algunos se fueron a vivir lejos y otros construyeron sus casas cerca de sus padres. Los abuelos envejecieron y aquellas viviendas que antes estaban llenas de gente fueron quedándose con menos habitantes. Cuando faltaron los mayores, muchas terminaron cerradas y abandonadas.
Sin quien reparara los techos o cuidara las paredes, las lluvias comenzaron a dañarlas. Algunas perdieron sus tejas, otras quedaron sin puertas y varias terminaron derrumbándose. Los patios donde antes jugaban los niños se llenaron de hierba y los fogones quedaron apagados para siempre.
Hoy, muchas personas que crecieron en aquellas casas ya tienen su propio hogar, pero todavía recuerdan la vieja casa de adobe donde vivieron con sus padres y abuelos. Recuerdan el olor de las tortillas recién hechas, las tardes de lluvia bajo el corredor y las noches en que toda la familia estaba reunida. Aquellas casas fueron desapareciendo, y con ellas se fue una parte de la vida de nuestros pueblos. Lo que permanece son los recuerdos de quienes tuvieron la dicha de crecer bajo aquellos techos de teja.