Ojinaga, la frontera que nadie voltea a ver.

Hay una escena que se repite en Ojinaga con cada cambio de gobierno: la promesa de que esta vez sí van a voltear a ver a la frontera. Y con cada administración, la promesa se diluye entre el mismo paisaje de siempre: calles sin pavimentar, un hospital que no da abasto, apagones que ya nadie cuenta porque perdió la cuenta hace años.

Y mientras Ojinaga carga con esa historia repetida, del otro lado del río, en Presidio, Texas, la gente tampoco tiene mucho que presumir. Comercios que cierran, servicios básicos que fallan, un pueblo que también parece quedar fuera de las prioridades de Austin y de Washington. Dos comunidades, dos países, un mismo destino: el del olvido.
¿Por qué una región con esta ubicación —un puerto fronterizo activo, un cruce que mueve gente y mercancía todos los días— sigue viéndose como si estuviera al final del mapa? Esa es la pregunta que nadie en el poder quiere contestar.

Las consecuencias las vive la gente todos los días: infraestructura que no avanza, calles que necesitan mantenimiento urgente, un sistema de salud que se queda corto, inseguridad que inquieta, empleos que escasean, y un suministro eléctrico que falla justo cuando más se necesita, golpeando por igual a comercios, empresas y hogares.
A esa lista hay que sumarle los cruces fronterizos que urge agilizar y las carreteras que conectan a Ojinaga con Chihuahua capital, además de la falta de condiciones para atraer inversión nueva a una zona que tiene todo para crecer y, sin embargo, sigue esperando.

Porque no nos digamos mentiras: los apagones no distinguen partido. El hospital saturado tampoco. Y sin embargo, año con año, las autoridades encuentran cómo justificar por qué Ojinaga puede esperar un poco más. ¿Hasta cuándo?
La clase política tiene la costumbre de aparecer cuando hay campaña y desaparecer cuando hay que rendir cuentas. Aquí, en Ojinaga, la gente ya se sabe el guion: promesas en temporada de elecciones, silencio el resto del año. Y así, mientras los discursos se repiten, los jóvenes se siguen yendo porque aquí no encuentran dónde crecer.

Ojinaga tiene algo que pocas regiones fronterizas de Chihuahua poseen: una posición estratégica que debería traducirse en desarrollo, no en abandono. Lo que falta no es vocación ni gente dispuesta a trabajar; falta que alguien, de una vez, deje las disputas partidistas fuera de la mesa y se ponga a resolver. Porque a la gente de aquí no le interesan los colores. Le interesan resultados.

Se necesitan mejores carreteras, un hospital con capacidad suficiente, calles dignas, electricidad confiable, seguridad, y condiciones para que los jóvenes puedan quedarse a construir su vida aquí, sin tener que emigrar para encontrar un futuro.
Ojinaga ya no puede seguir esperando. Y del otro lado del río, en Presidio, tampoco.
El reto no es solamente lograr que las autoridades volteen a ver esta frontera. El verdadero reto es que, cuando por fin lo hagan, ya no encuentren pretextos para seguir mirando hacia otro lado.

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