QUÉ IRONÍA… HACE UN MES NO HABÍA $300 PESOS PARA SUS PASTILLAS, PERO HOY HASTA SOBRÓ PARA LOS MARIACHIS.

El murmullo del vecino cortó el aire pesado de la funeraria como un cuchillo.

Y era la pura verdad.

Don Ernesto pasó sus últimos meses partiendo sus pastillas para la presión por la mitad. Quería que le rindieran. Cada vez que llamaba a sus hijos, la respuesta era un eco cansado:

—“Ahorita andamos muy apretados, papá. La otra quincena sin falta te apoyamos.”

Ernesto nunca reclamó. Se tapaba con su cobija gastada, se tomaba un té de manzanilla para engañar el frío y esperaba esa «otra quincena» que nunca llegó. Con el tiempo dejó de insistir. No quería que sus hijos sintieran que los estaba presionando. Si le preguntaban cómo seguía, respondía que ahí iba, que no se preocuparan por él. Como hacen muchos padres, prefería guardar silencio antes que convertirse en una carga para los hijos por los que un día fue capaz de darlo todo.

Pero el martes, el corazón de Ernesto no aguantó más la espera.

Y de repente, ocurrió un milagro macabro: el dinero apareció de la nada.

Sus hijos, los que «andaban apretados», sacaron las tarjetas de crédito sin pensarlo. Compraron un ataúd de caoba de $40,000 pesos. Mandaron traer tres coronas gigantes de rosas blancas que costaban más que el tratamiento médico de todo un año. Contrataron un mariachi para que cantara a todo pulmón. Incluso pagaron un banquete de café y comida para decenas de invitados.

En 48 horas reventaron el dinero que le negaron a su padre durante tres años de enfermedad.

Muchos entraban a la funeraria y decían que todo estaba muy bonito. Admiraban las flores, el ataúd, la música y la cantidad de gente que había ido a despedirlo. Pero había algo que nadie podía dejar de pensar. Si una parte de ese dinero hubiera aparecido unos meses antes, tal vez Don Ernesto no habría tenido que partir sus pastillas. Tal vez no habría pasado tantas noches soportando sus dolores en silencio. Tal vez habría sentido el descanso de saber que no estaba solo.

Ahí, viéndolos llorar abrazados a la caja de madera fina, todos los presentes entendieron la estafa de los funerales de lujo. No estaban honrando a su padre. Estaban comprando anestesia para su propia culpa.

LA VERDAD BRUTAL:

Nuestra cultura padece de una enfermedad emocional muy cruel: somos tacaños con los vivos y millonarios con los muertos. Le compramos coronas al que ya no puede olerlas, intentando tapar la vergüenza de no haberle dado tiempo cuando todavía respiraba.

Nos cuesta llevarles unas medicinas porque siempre aparece un gasto más importante. Dejamos para después la visita porque estamos ocupados. Prometemos regresar la siguiente semana y esa semana termina convirtiéndose en meses. Mientras ellos siguen esperando una llamada, una conversación o simplemente un rato de compañía, nosotros seguimos convencidos de que todavía habrá tiempo.

Hasta que un día ya no lo hay.

Entonces aparecen las flores más caras, los ataúdes más finos, los mariachis y los homenajes. Pero ninguna de esas cosas puede regresar un solo minuto de los que se dejaron pasar. Ninguna corona puede borrar una ausencia. Ninguna caja de lujo puede abrazar a quien pasó tantas noches sintiéndose solo.

No te engañes. Gastar una fortuna en la caja de tus padres no te hace un buen hijo; solo te hace un deudor intentando pagar demasiado tarde. Hay deudas que el dinero nunca podrá cubrir. El tiempo perdido no se compra. Las palabras que nunca se dijeron ya no encuentran oídos que las escuchen. Los abrazos que se fueron dejando para después terminan quedándose para siempre en el corazón de quien nunca volvió.

El amor de verdad se demuestra en vida. Se demuestra en la fila de la farmacia, cuando decides comprar las medicinas antes que cualquier otro gusto. Se demuestra en la silla del hospital, cuando acompañas sin mirar el reloj. Se demuestra al sentarte a escuchar a tus padres aunque te repitan la misma historia por décima vez. Se demuestra cuando haces espacio en tu agenda para quien un día hizo espacio para toda tu vida.

Porque llegará un momento en que el dinero ya no servirá para nada. Podrás comprar el ataúd más caro del cementerio, llenar la funeraria de flores y contratar al mejor mariachi de la ciudad, pero nada de eso hará que tu padre o tu madre vuelvan a abrir los ojos para darte las gracias.

A los muertos no les importan los ataúdes caros… pero a los vivos sí les duele el abandono.

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