ASÍ NACIÓ LA COLONIA EMILIANO ZAPATA

✍🏻Por Profr. R. Juventino Juárez A.

Detrás de la formación de cada colonia de Ojinaga hay una historia que no se debe perder, pues representa también el desarrollo de una ciudad en constante movimiento.

Antes habría que recordar que una Colonia se forma con colonos, es decir con personas que se asientan con permiso o sin él, en un determinado predio o lugar como es el caso de las colonias Emiliano Zapata y la Porfirio Ornelas.

A diferencia de un fraccionamiento, pues en este último caso se refiere a un conjunto de casas ubicadas en terrenos fraccionados por un propietario de terreno grande que lo dividió en pequeños lotes para construir viviendas y venderlas a quien lo pueda pagar de acuerdo con sus reglas de compraventa.

Pues bien, el 26 de mayo de 1976, el destino de Ojinaga comenzó a reescribirse con el rumor de hombres y mujeres decididos a luchar por un lugar donde vivir, pues los dueños de casas las vendían a precios que no podían pagar.

Un movimiento inusitado, impulsado por la urgencia de quienes poco o nada tenían, brotó en los confines sureste de la ciudad, allá por el rumbo de la avenida Chihuahua, hoy TLC.

Lo que inició como un fluir discreto de familias desposeídas pronto se transformó en un arraigo colectivo: la toma pacífica y desesperada de catorce lotes urbanos, manzanas baldías cobijadas por el fundo legal del municipio, donde aquellos hombres y mujeres buscaban sembrar la humilde semilla de un hogar.

Al frente de la marcha, como columna y voz de los silenciados, marchaba Isidro Rentería, líder visible de aquella cruzada por la tierra.

Aquellos predios en disputa pertenecían entonces a manos privadas.

Los registros catastrales daban fe de sus dueños: la manzana 83 correspondía a Arturo Chávez Hinojos; la 57, a la Sociedad General de Bienes; las marcadas con los números 71, 72 y 86 al patrimonio de Gustavo Shneider Irigoyen; y la 69 a la firma Urbanizadora y Pavimentadora S.A.

Territorios baldíos que, de la noche a la mañana, se convirtieron en el lienzo de una nueva comunidad.

Ante la magnitud del éxodo urbano, el alcalde Ernesto Poblano no dilató el tiempo.

Viajó de inmediato a la capital del estado para poner el pulso de Ojinaga bajo la consideración del Gobernador.

La respuesta institucional no tardó en llegar: para el miércoles 28, el licenciado Carlos Soto Ponce ya pisaba suelo fronterizo con instrucciones precisas.

A las cinco de la tarde de aquel día, bajo el calor de la expectativa, las autoridades y los aspirantes a colonos se sentaron a contrastar razones y esperanzas, un diálogo que culminó horas después en el recinto de la Presidencia Municipal con un pacto de voluntades.

El acuerdo selló el nacimiento formal de lo que sería un nuevo barrio.

El Gobierno del Estado, actuando a través del municipio, se comprometió a lotificar los terrenos para dar cobijo exacto a los 326 solicitantes, enviando a la brevedad a una brigada de topógrafos para trazar los nuevos rumbos de la convivencia.

La tregua exigía orden: no habría más invasiones y el beneficio sería exclusivo para los verdaderamente necesitados, bajo la estricta promesa de expulsar a los oportunistas.

La tierra, se acordó, se les entregaría a precios justos y con plazos largos, mientras que el Programa de Desarrollo Urbano de Chihuahua diseñaría modelos de viviendas uniformes que dignificaran el paisaje.

El porvenir se vislumbraba largo, pero el compromiso inmediato quedó firmado en el papel y en la palabra.

El municipio asumió el encargo de mitigar la sed de la colonia naciente acarreando agua en los camiones cisterna de la Dirección de Zonas Áridas; el Centro de Salud, codo a codo con los vecinos, se comprometió a levantar y vigilar las letrinas sanitarias, y las despensas municipales llegaron para asegurar que el pan no faltara en las mesas improvisadas.

Así, entre la necesidad y la política, entre el polvo de la avenida Chihuahua y la promesa de un techo propio, quedó registrada en las páginas del Semanario Renovación la crónica fundacional de la colonia Emiliano Zapata.

Hoy la Colonia Emiliano Zapata ya no está en la periferia, está dentro de la mancha urbana con una fisonomía muy distinta de aquellos años de la invasión cuando se fue formando con casas de cartón y madera, con lonas y láminas.

Hoy ya franqueada con un Parque con Cancha de Pasto Sintético, con una escuela Primaria de mucho prestigio, con las instalaciones de la Guarnición Militar y el Banco Del Bienestar, con el DIF Municipal, el Salón Machí para la atención de Adultos Mayores, con un Centro de Rehabilitación de muy buen nivel, con una Capilla Funeraria para los que no pueden pagar servicios particulares y con un centro comercial exitoso como La Villita y con un Museo Regional en su esquina, la colonia Emiliano Zapata es muestra palpable de que la necesidad hace que se mueva la gente y se mantenga unida luchando por su bienestar. #ojinaga

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