𝙏𝙍𝘼𝙂𝙀𝘿𝙄𝘼 𝙀𝙉 𝙀𝙇 𝘾𝘼Ñ𝙊𝙉 𝘿𝙀 𝙈𝘼𝙉𝙐𝙀𝙇 𝘽𝙀𝙉𝘼𝙑𝙄𝘿𝙀𝙎 𝘿𝙀𝙅𝘼 𝙃𝙀𝙍𝙄𝘿𝘼𝙎 𝘿𝙄𝙁𝙄𝘾𝙄𝙇𝙀𝙎 𝘿𝙀 𝘼𝙎𝙄𝙈𝙄𝙇𝘼𝙍.

✍️Por: Profr. Juventino Juárez

Escribo esto en recuerdo a la amiga y colaboradora Cultural de Conchita Carrasco.
Hay un imán invisible en la tierra nativa que, al llegar el otoño de la existencia, tira del alma con una fuerza mística. Es el llamado del terruño, el anhelo de volver los ojos al sitio donde reposan los ancestros. Conchita Carrasco, a sus setenta y ocho años, escuchó ese eco. Tras pasar la mayor parte de su vida en Odessa, Texas, donde sus manos tejieron puentes invisibles de hermandad —convirtiéndose, por puro amor al prójimo, en una embajadora sin título, pero con un inmenso corazón para sus compatriotas—, decidió que era tiempo de volver a casa. Cruzó la frontera no para una visita corta, sino para sembrar sus últimos días en la calurosa y hospitalaria Ojinaga, rodeada de sus hermanos y del aire de su infancia.
El destino, a veces, se disfraza de asombro. Apenas unos días después de su regreso, un amigo de la infancia la llevó a conocer San Carlos, ese rincón pintoresco del municipio de Manuel Benavides. Conchita quedó prendada de la belleza indómita del paisaje, de esos acantilados y del cañón que guarda agua limpia en sus entrañas aun cuando la sequía azota al desierto. Entusiasmada por el hallazgo, llamó a sus hijos, quienes vivían en distintos puntos de la Unión Americana, para que compartieran con ella el milagro de esa geografía.
El 4 de julio de 2026 quedó marcado en el calendario familiar como el día del viaje soñado. Juntos recorrieron las calles del pueblo y se refrescaron en Las Pilas, donde el agua cristalina descansa en remansos pacíficos. Al final del día, buscaron el cobijo y la placidez del majestuoso Cañón de Manuel Benavides, adentrándose hasta el paraje conocido como «El Llovedero», ahí donde las paredes de roca filtran el agua en finas cortinas que simulan una lluvia eterna. Era un momento de dicha familiar, un reencuentro perfecto bajo el cielo azul del desierto.
Pero el desierto chihuahuense es un titán traicionero. En sus cauces habita una paradoja implacable: a veces, la tormenta nace a leguas de distancia, allá donde el ojo humano no alcanza a ver ni una sola nube, y el agua corre en silencio por las venas de la sierra hasta convertirse en un torrente furioso.
Sin previo aviso, el estruendo rompió la calma. Una imponente cabeza de agua bajó con una fuerza inusitada, transformando el arroyo en un monstruo de lodo y piedras que no dio tiempo al refugio. La corriente arremetió contra la familia. En medio del caos y el dolor, un niño logró salvarse; una de sus hijas también sobrevivió milagrosamente, aunque su cuerpo llevó la marca de la tragedia en fracturas y heridas que obligaron a su traslado urgente a un hospital en Alpine, Texas.
Para Conchita, el destino tenía trazado otro final. El agua la arrastró por más de trescientos metros. Cuando los brazos solidarios de familiares y lugareños lograron rescatarla de la corriente, su alma ya había emprendido el vuelo definitivo.
El dolor del amigo que días antes le mostró aquel paraíso se funde hoy con el luto de toda una comunidad. La ironía del deber cumplido lo mantuvo lejos ese sábado por motivos de trabajo, dejándolo como el custodio del último recuerdo alegre de Conchita en su tierra.
Este domingo 6 de julio de 2026, bajo el peso de una profunda consternación, familiares y amigos caminaron el panteón de Cañada Ancha para darle el último adiós. Conchita Carrasco no solo regresó a Ojinaga para pasar el ocaso de su vida; volvió para fundirse eternamente con la tierra y el agua de su desierto, dejando un puente de amor imperecedero entre las dos naciones que habitó.

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