✍️Por Profr. Juventino Juárez A.

Cuenta la vieja memoria del desierto que, hace ya muchos ayeres, cuando Ojinaga apenas despertaba al mundo como un pueblo formal y el viento de la frontera arrastraba el polvo de las nuevas construcciones, se levantaban los muros de su iglesia.
Aquella obra no era otra cosa que el renacimiento de la antigua capilla del Presidio Militar de Nuestra Señora de Bethlén y Santiago de las Amarillas.
En el corazón de aquel templo inacabado, resguardado de las inclemencias del sol, habitaba un tesoro: un hermoso Cristo tallado en madera fina, de facciones serenas y profundas, enviado desde la mismísima España por orden del Rey para bendecir a la apartada región.
Un día, los caminos polvorientos trajeron a Ojinaga a un sacerdote proveniente de Meoqui. Al entrar al recinto y posar sus ojos sobre la magnífica escultura, la piadosa devoción le hizo que pensara de una manera poco ortodoxa.
Pensó, que un Cristo de tal belleza no merecía estar en un lugar tan apartado y con tan pocos feligreses, pues consideró que sería mejor que estuviera en un lugar más adecuado, como su lugar de origen..
Con palabras dulces y promesas de mayor gloria, el párroco logró labrar la voluntad de las devotas catequistas, custodias de los bienes del templo.
Nadie supo jamás qué hilos movió en sus almas, pero el caso es que, bajo el amparo de la complicidad y el silencio, bajaron la pesada imagen del altar.
La envolvieron con celo, la acomodaron en una modesta carreta tirada por una mula y emprendieron la marcha hacia el sur, dejando atrás a Ojinaga.
El Alto en el Oasis
Tras una larga y sofocante jornada de viaje, el paisaje hostil les dio una tregua.
A unos cuarenta kilómetros del pueblo, encontraron un paraje bendecido por la naturaleza: un rincón de agua abundante y vegetación generosa.
Decidieron hacer un alto en el camino. Aliviados, despojaron a la mula de sus aparejos para que descansara, mientras ellos compartían el pan y el agua a la sombra, cobijados por el murmullo de las hojas.
El viaje hacia Julimes, la siguiente escala antes de Meoqui, sería largo y azaroso, y el cuerpo exigía tregua.
Cuando el sol comenzó a ceder y el destino volvió a llamar, le colocaron de nuevo los arneses a la acémila.
El carretonero, hombre recio y de pocas pulgas, tomó las riendas, listo para internarse en los accidentados senderos del Chihuahua profundo.
Pero la tierra misma parecía tener otros planes.
Al dar la orden de avance hacia el sur, la mula plantó los cascos en la tierra. No dio un solo paso.
Extrañado y encendido por la prisa, el carretonero alzó el látigo. Los surcos del cuero cayeron con crueldad sobre el lomo del animal, pero el castigo fue inútil.
En un acto de pura y soberana rebeldía, la mula dobló las patas y se echó pesadamente sobre el polvo, clavando la mirada en la nada, dispuesta a morir antes que avanzar hacia Meoqui.
La Voluntad del Desierto
El silencio se apoderó de los viajeros. El párroco, consternado, sintió un frío extraño recorriéndole la espalda. El misterio de la fiera los obligó a cambiar de estrategia.
—Demos vuelta a la carreta —ordenó el sacerdote, con la voz quebrada—. Engañémosla. Apunten hacia Ojinaga y, en cuanto se levante, retomamos el rumbo.
Así lo hicieron. En cuanto el carromato giró y la nariz de la mula apuntó de vuelta al norte, el animal se incorporó de un salto, con una ligereza que desafiaba su cansancio. Comenzó a caminar con brío y, al poco tiempo, llevaba un trote alegre.
Sin embargo, cada vez que el carretonero intentaba tirar de las riendas para desviar el rumbo hacia el sur, la mula relinchaba y se negaba en redondo.
No hubo fuerza humana, ni látigo, ni ruego capaz de hacerla cambiar de dirección.
El párroco, cayendo de rodillas en el interior de la carreta, comprendió el milagro.
Aquella terquedad no era del animal, sino una señal divina grabada en el viento: el Cristo no pertenecía a los grandes templos, sino a la resistencia de la frontera.
Resignado y con el corazón compungido, el sacerdote soltó las riendas y dejó que la mula los guiara de regreso a Ojinaga, devolviendo el sagrado madero a su legítimo hogar.
El Eco de la Historia
La noticia del milagro corrió como reguero de pólvora, encendiendo la fe de los feligreses y poblando las conversaciones de la comarca.
El Cristo de madera fina se quedó para siempre en el desierto chihuahuense, custodiando a su pueblo.
Con los años, el paraje donde la acémila desafió la ambición de los hombres se convirtió en un punto de referencia obligado.
Los viajeros que cruzaban el desierto solían decir al pasar: «Aquí es donde se echó la mula».
El tiempo pasó, las familias echaron raíces y el polvo se transformó en un pueblo que, con el orgullo de su origen, adoptó simplemente el nombre de La Mula.
Y aunque los años trajeron vientos de cambio y los libros legales intentaron rebautizar el ejido como Potrero del Llano, la voz del pueblo es más fuerte que el papel: para la historia y el mito, ese rincón del mundo siempre será el lugar donde una mula decidió el destino de un Cristo.