
La escena se repite y, lo más grave, ya casi no sorprende. Un grupo armado bloquea una carretera clave como si fuera suya, paraliza la circulación, impone el miedo… y la reacción social e institucional es tibia, casi automática: “extremen precauciones y eviten la zona”.
Esa frase, tan común, es el reflejo más claro de la indiferencia. Se normaliza lo inaceptable. Se traslada la responsabilidad al ciudadano, como si el problema fuera circular por una carretera y no la impunidad con la que operan grupos criminales.

Cerrar la carretera Aldama no es un hecho menor. Es una demostración de control territorial.
Es un mensaje directo: aquí mandamos nosotros. Y frente a eso, ¿qué hay? Alertas, recomendaciones… pero no una respuesta contundente que garantice el libre tránsito y la seguridad.
La indiferencia también se alimenta del silencio. De quienes ya no denuncian porque creen que no sirve de nada. De autoridades que reaccionan tarde o simplemente administran la crisis. De una sociedad que empieza a ver estos hechos como parte de la rutina diaria.
El problema no es solo el bloqueo. Es lo que representa: la pérdida gradual del control del Estado sobre espacios públicos. Y lo más preocupante es que cada vez se tolera más.
Cuando una carretera puede cerrarse con un camión atravesado por criminales, y la respuesta es “evite la zona”, el mensaje es claro: la normalización del miedo ya echó raíces. Y mientras eso no indigne lo suficiente, seguirá pasando.
🎙BMRADIO