Cayó el líder, pero cayó también un hermano.

Edwin Ocampo, presente! Descansa en paz, guerrero. Tu patria te debe la libertad.

Hay victorias que se escriben con sangre y nombres que la patria nunca debe olvidar. Ayer, mientras el país contenía el aliento ante la caída del objetivo más buscado, en el estruendo del operativo en Jalisco, una luz de Copainalá se apagó para siempre.

Edwin Ocampo tenía solo 25 años.

Salió de Chiapas buscando un futuro, buscando estabilidad, buscando ser el escudo que su familia y su país necesitaban. No murió en una jornada cualquiera; murió en el epicentro de la historia, en la línea de fuego donde se decidió el destino de una nación.

Muchos celebrarán la captura, pero en Copainalá hoy el silencio es absoluto. Se ha ido el hijo, el amigo, el joven que cambió los sueños civiles por la disciplina del uniforme. Edwin no es una «baja colateral» ni una cifra en el informe de la mañana; es el rostro del sacrificio más alto que un mexicano puede ofrecer.

Cayó el líder, pero cayó también un hermano.

Que el estruendo de las medallas no opaque el llanto de una madre chiapaneca. Edwin entregó su vida para que otros pudieran vivir sin miedo. Su uniforme hoy no solo tiene insignias, tiene el honor eterno de quien cumplió la misión… cueste lo que cueste.

¡Edwin Ocampo, presente! Descansa en paz, guerrero. Tu patria te debe la libertad.

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