
Era el momento de romper con la soberbia del centralismo. A los 10 años, Luis Donaldo Colosio Murrieta lavaba automóviles en Magdalena de Kino para apoyar a su familia. A los 44 años estaba a punto de convertirse en presidente de México. Un mes después de cumplirlos, fue asesinado con dos disparos en Lomas Taurinas. Hasta hoy, el país sigue preguntándose quién dio realmente la orden.
El 23 de marzo de 1994, México no solo perdió a un candidato presidencial; perdió una posibilidad real de transformación. Aquel crimen marcó un antes y un después en la vida política nacional y se convirtió en el último gran magnicidio del país.
Diecisiete días antes de su muerte, Colosio pronunció un discurso que sacudió al sistema político. Frente al Monumento a la Revolución, el 6 de marzo de 1994, habló de un México con hambre y sed de justicia y cuestionó directamente al gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Para muchos, esas palabras sellaron su destino.
Entre las múltiples irregularidades del caso destaca la llamada teoría de “los tres Aburtos”, que sostiene que la persona que disparó, la que fue detenida y la presentada ante los medios no serían la misma. El detenido salió de Lomas Taurinas con golpes y visibles lesiones, mientras que días después apareció un hombre distinto: sin marcas, con corte militar, tez más clara y complexión diferente.
Años más tarde, nuevas revelaciones reavivaron el caso. En noviembre de 2025, a 31 años del asesinato, la Fiscalía detuvo a Jorge Antonio Sánchez Ortega, exagente del CISEN, señalado como presunto segundo tirador. Se trata del mismo individuo que habría sido retirado del lugar por Genaro García Luna, hoy preso en Estados Unidos.
En medio de la campaña, Colosio también enfrentaba una tragedia personal. Su esposa, Diana Laura Riojas, luchaba contra un cáncer de páncreas en fase terminal. Falleció ocho meses después del magnicidio, dejando a dos hijos huérfanos. Fue ella quien exigió que el cuerpo no fuera cremado y quien impidió la presencia de José María Córdoba Montoya en el funeral.
Colosio fue asesinado la tarde del 23 de marzo de 1994, en una colonia marginada de Tijuana, sin condiciones mínimas de seguridad, mientras sonaba música de banda. Dos disparos terminaron con su vida: uno en la cabeza y otro en el abdomen. El operativo de seguridad, conformado por un equipo profesional, falló de forma inexplicable en un sitio elegido apenas seis días antes, pese a múltiples advertencias.
Desde entonces, México quedó dividido entre el país que existía antes de Lomas Taurinas y el que surgió después, marcado por la pérdida de la esperanza de cambio.
Luis Donaldo Colosio Murrieta nació el 10 de febrero de 1950 en Magdalena de Kino, Sonora, un pequeño pueblo del desierto, de gente trabajadora y solidaria. Su padre, Luis Colosio Fernández, era comerciante y dueño de una pequeña tienda de abarrotes; un hombre honesto que vivió con austeridad y dignidad. Su madre, Ofelia Murrieta, ama de casa, mujer de valores firmes, fe profunda y carácter fuerte, lo educó con disciplina y cariño.
Magdalena de Kino era entonces un pueblo de calles sin pavimentar, casas de adobe y pocas oportunidades, pero con un profundo sentido de comunidad y orgullo por sus raíces. Nadie imaginaba que de ese lugar surgiría el hombre que estuvo a punto de cambiar el rumbo de México.