
Hoy era mi cumpleaños. Tenía planeado faltar a la oficina y desayunar tranquilo en uno de mis lugares favoritos. Pero mi día comenzó distinto: mi mamá me despertó a las 8 am y no con las mañanitas, sino para decirme que había sufrido una caída en la madrugada y que venía del IMSS, donde no la quisieron atender por no traer su cartilla.
Salté de la cama, sin bañarme, solo me lavé los dientes, tomé sus documentos y nos fuimos a la clínica 44. Ingenuo yo, pensando que sería cosa de dos horas, hasta me llevé la laptop para una reunión que tenía a las 12.
Me encontré con la misma burocracia de siempre: filas, trámites absurdos, la falta de médicos. Al final, diagnosticaron fractura de rótula, pero no había quien le colocara la férula. “Regrese el viernes”, me dijeron, como si fuera cualquier cosa.
Entre discusiones y lecturas de la Ley del Seguro Social apareció una doctora que, con amabilidad, le puso la férula. Pero como buenos burócratas decidieron que “AQUÍ NOS LOS VAMOS A CHINGAR”: le dieron solo 3 días de incapacidad, aun cuando la radiografía confirma fractura y la propia ley establece que puede ser hasta 52 semanas. ¿De verdad creen que en 3 días alguien con fractura de rodilla estará bien?
De ahí nos mandaron al hospital Morelos. Llegamos a las 3 pm y fueron más de 8 horas para que le colocaran un yeso y la citaran el domingo para definir si requerirá cirugía.
Así pasé mi cumpleaños. No en un desayuno con mis amigas y amigos, como otros años, sino viendo cómo adultos mayores y personas igual de lastimadas que mi mamá pasaban las mismas 8 horas esperando ser atendidos. Hoy me tocó cargar a mi mamá en brazos, como hace 38 años ella me cargaba a mí. Y aunque lo volvería a hacer una y mil veces, no puedo normalizar la ineptitud, la lentitud y la ineficiencia del sistema de salud.
No pido trato preferencial, pido un trato justo y humano para todos los que sufren el calvario del IMSS.
Son las 12 de la noche y apenas llegamos a casa después de un día agotador. Un día en el que, mientras la gente exigía ser atendida, las secretarias preferían distraerse viendo la ropa que una compañera les llevaba para vender.
Esto no es justo, no es digno, y no podemos acostumbrarnos.